Balterius

Balterius

9 de agosto de 2011

Ciegos

Ayer nos visitaron los maragatos de A ras de suelo con su obra Ciegos. Dos estructuras rodantes recorrieron las callejas de Villabalter impregnándolo todo a su paso con música, ruido, luces y humo. El formato pasacalles obligó a desplazarse al público e interaccionar con la propia obra (de hecho, en el arranque, fue el público quien vendó los ojos a los propios actores). De este modo se difumina la frontera del escenario, la separación entre público y espectador: todos forman parte de una realidad compartida, de un contexto que común interconectado del cual no hay escapatoria.

Los montajes de A ras de suelo son deudores de los de La Fura dels Baus, o al menos de lo que se ha acabado por llamar lenguaje furero: implicación del público, música, vídeo y elementos simbólicos agresivos que implican al espectador.

Ciegos es una reflexión sobre la incomunicación en la sociedad en la que vivimos. Las pantallas no sirven para ver, sino para escondernos y ruido y sonido se confunden en una amalgama ininteligible en la que se diluyen las palabras.

Hoy a las 22:30, Balterius'98 representa La barca sin pescador, de Alejandro Casona. La obra ha sido representada en numerosas ocasiones y Mónica Rodríguez ha obtenido el premio a la mejor actrriz en el X Festival Villa de Carrizo. Imprescindible estar esta noche en el escenario de la calle la Fuente.

8 de agosto de 2011

Aventura o merienda


Siempre que en los carteles y programas catalogamos un espectáculo como infantil tengo ciertas dudas acerca de esa etiqueta. Más bien, creo que deberíamos decir que el espectáculo es para todos los públicos. No solo los padres que traen al teatro a sus hijos lo acaban disfrutando, sino que los que somos presuntamente adultos y no tenemos la coartada de los niños también nos lo pasamos pipa (algún año, lo juro, he visto entre el público a paramilitares serbobosnios, sicarios colombianos, dirigentes de Al-Queda e incluso a políticos partirse de risa con los ojos iluminados; ¿será que todos han sido niños?).

Eso fue lo que pasó hace un año con Chema Concedeclown y lo que volvió a ocurrir anoche con los segovianos Pájaro Lunar. La trama de El baúl de los secretos (que, finalmente, no tenía nada que ver con los hermanos Urquijo) te atrapa desde el primer momento. Bisi y Cleta suben al desván de su abuela. Allí se encuentran con muñecos en movimiento, ruidos, juegos y canciones. Cada poco se enfrentan a un dilema al que todos nos enfrentamos cada día: ¿aventura o merienda? Aventura es quedarse en el desván, enfrentarse a los miedos, ir hasta el final y desentrañar los misterios que allí se encierran; y merienda es bajar las escaleras sin mirar atrás y refugiarse en la seguridad del pan con nocilla (por ejemplo) que la abuela les ha preparado. Afortunadamente, Bisi y Cleta eligen aventura.

No sé las veces que Pájaro Lunar habrá representado El baúl de los secretos, pero lo cierto es que el espectáculo que funciona con una precisión quirúrgica. La música en directo y el baile hacen que el ritmo se contagie al instante entre el público; pero es sobre todo el lenguaje corporal de Alicia y Mariana lo que establece un canal directo con las emociones del espectador. Y se debe a esa sabiduría teatral cuyo truco es hacer precisamente que no se note, que lo que es fruto de mucho trabajo y horas de ensayo parezca espontáneo y fresco.

Con todos esos ingredientes era imposible no disfrutar de la noche. Seguro que a los numerosos niños que había anoche en Villabalter (diablos, ¿de dónde sale tanto crío? ¿Acaso en este pueblo se pasan el día haciéndolos?) se les despertó la curiosidad por la magia del escenario. Y así nos vamos asegurando público y balterianos nuevos para los próximos años.

Ayer por la mañana nuestras hermosas chicas para todo dirigieron el Taller Infantil de Cuentacuentos. Por lo que me han contado, todo salió de maravilla.

Hoy a las 22:30 los astorganos A ras de suelo representan Ciegos. No os lo perdáis.

7 de agosto de 2011

El día de los cuentacuentos




Ayer celebramos la primera edición (ojalá haya más) de Un día de cuento a la que siguió, tras un frugal picoteo, Una noche de cuento. Eso quiere decir que tuvimos cuentos desde las 18:00 hasta más allá de la medianoche; concretamente hasta que le arrebatamos el micro a Manuel Ferrero, que tenía tan pocas ganas de irse a su casa como nosotros de que se fuera.

Narrar es la forma más natural de embelesar a alguien. El éxito del narrador consiste en suspender la incredulidad del oyente o lector, de anular durante unos minutos los sentidos (los seis, incluyendo el sentido común) o más bien de subyugarlos a la propia narrativa. Cuando eso ocurre, uno viaja, por ejemplo, de las calles de Villabalter hasta un territorio mítico poblado por gigantes y dragones, o hasta los tiempos en los que Don Suero desafiaba a los caballeros en Hospital de Órbigo, o hasta las tierras mágicas donde lindan Maragatería y Bierzo y las xanas engañan a los hombres o incluso hasta una buhardilla parisina donde un pintor añora a su musa y se entrega al vino.

El escritor tiene la ventaja de la pausa; puede apelar al tiempo y dejar que la prosa se vaya sedimentando. Pero el cuentacuentos se enfrenta a su público sin esa ventaja; sus palabras resuenan unos segundos en el aire y desaparecen, como chasquidos nerviosos de un látigo, como si construyera castillos con pompas de jabón que refulgieran solo un instante antes de desvanecerse.

Los mejor fue sin duda ver a cinco cuenteros tan diferentes sobre el escenario. Pablo Parra es espontáneo como un grumete despistado; tiene una mirada de niño pillo, como si fuera un chaval de quince años que no deja de sonreír aunque acaben de pillarle mangando en el Carrefour. Fernando Hoja de Roble muta cuando cae la noche, y, dejando atrás el atuendo de payaso, destila un humor sarcástico que rezuma mala leche y que conecta al instante con el lado oscuro del respetable; si Krusty el payaso fuera maragato es probable que hubiera adquirido un aspecto semejante. El polvo en las sandalias de Sergio Fray Turienzo y su basto hábito de fraile andarín lo convierten en portador de un saber atávico, como si hubiera recorrido los caminos, las tabernas y las cocinas de todo el noroeste de la península para recopilar sus historias. Manuel Ferrero apela a lo tierno. Tiene el humor burlón del tío golfo de la familia que vacila a los niños, sonroja a los adolescentes y se pone serio cuando llegan los adultos. Y el Solito Trovador es la encarnación de la bohemia parisina, como un alma que se hubiera fugado del Cementario de Montparnasse, acordeón en ristre, para compartir con nosotros su melancolía perpetua.

Echando una mano por aquí y por allá revoloteaban las musas: Yasmín, Judit (verdaderos comodines balterianos) y Jara. Luis acompañó con el tambor a Solito Trovador y ambos hicieron de flautistas de Hamelin guiando al público por el pueblo.

Eran más de las doce cuando echamos el cierre. Hacía frío, aunque todos nos fuimos para casa con el calorcillo interior de todas las historias escuchadas. Como dijo alguien ayer, la belleza es efímera, sí, pero alguna brizna, alguna palabra, siempre se te queda enganchada y te la acabas encontrando cuando menos te lo esperas.

Hoy a las 22:30 los segovianos Pájaro Lunar nos traen su espectáculo infantil "El baúl de los secretos".


6 de agosto de 2011

Queimada: un western en tres actos





¿Qué media entre una cena medieval al aire libre y unos chupitos en casa de Gelo al son de la música de nuestros amigos maragatos? En sentido estricto, veinticuatro horas, aunque lo cierto es que el tiempo en la SETIC se dilata hasta hacer que cada día parezca una vida y media; pero si además el día en cuestión es el sábado de nuestra Queimada, las vivencias y emociones acumuladas rebasan la capacidad de este blog. A ver si me explico.

En la Queimada pasan tantas cosas que es imposible resumir. Uno se siente injusto si se queda solo con la genial escena en la que el barbero rasura al sheriff, o si solo se fija en el espectacular cancán que ha elevado a las pilinguis del saloon a la categoría de mito erótico de Villabalter, o si solo resalta la persecución a caballo entre el forajido y el sheriff o la rotunda presencia de la madame, o si solo cita el éxito sobresaliente de los muchos debutantes que teníamos ayer, o si se queda en el cínico gesto de nuestro enterrador, Gelo, que camina cansinamente al ritmo de su leitmotiv; porque todo eso ha ocurrido de verdad, es cierto, pero el resultado final es mucho más complejo y emocionante que la suma de esos pequeños momentos.

Desde primera hora de la tarde trabajaron los balterianos en los preparativos. Como cada año, el hormigueo es continuo. Alguien maquilla, alguien enfoca, alguien sube las telas, alguien pela fruta para la queimada, y al final, como un puzzle imposible realizado por un ejército de insectos, las piezas encajan. Eso significa que a eso de las diez, cuando suenan los primeras notas de la música y arranca el espectáculo, los nervios de todos se solidifican en una masa colectiva y casi palpable.

Como es costumbre, nos cuesta un poco comenzar. Durante la última media hora el hormiguero balteriano bulle como si lo hubieran rociado con gasolina, pero aún así, siempre hacen falta algunos minutos extra. No importa. El público sabe, nosotros sabemos, que solo necesitamos que todo eche a rodar para que la magia invada el saloon en que hoy hemos convertido la calle la Fuente.

Aunque no están actuando, merece la pena echar un vistazo a Bego y Leti, que están encerradas entre la mesa de sonido, el proyector, el ordenador, los focos y una maraña de cables. Aunque los focos no las apuntan a ellas, sus caras experimentan un amplio registo dramático que pasa de los nervios a la carcajada (y viceversa) en solo unos segundos.

Ya con la primera escena nos metemos al público en el bolsillo. El duelo de Sergio y Manolo por el amor de Vane nos concede el interés de todos los presentes. Para cuando los salvajes forajidos asaltan el banco del flemático Quino, la respiración de los presentes se ha unificado en un suspiro contenido. Jessi y Carlos secundan al malvado Sergio; el padre Sergio, Laura, Yoli, Andrea, Darío y Alex son la atribulada clientela del banco. Que Manolo, Vane, Quino y Sergio rayen a tal altura cuando actúan, no es ninguna sorpresa; pero anoche, todo el mundo estuvo soberbio.

El momento cumbre llega sin duda con el baile de las señoritas del saloon. Emma, Coral, Isa y Marta revolucionan al público y a los jugadores de póquer con su baile desenfrenado. Todos los balterianos nos dejamos llevar por el ritmo juguetón del cancán y disfrutamos con ellas. Y es que a las niñas (o más bien, a las exniñas) todos les tenemos un cariño especial; incluso me atrevería a decir que los que somos de su misma promoción balteriana, los que debutamos vestidos de griegos hace ya más de dos años, sentimos un cierto orgullo compartido cada vez que se suben al escenario. Al fin y al cabo, mientras a los demás nos van cayendo arrugas y canas en las sienes, ellas han pasado de ser el coro de Los Pelópidas a las seductoras golfillas del saloon; y es imposible no alegrarse de ello, como si una pequeña parte de ese éxito nos tocara también a los demás.

El desenlace tiene lugar en el saloon. Carlos se sienta al piano y todos los personajes parecen seguir el compás de su melodía. El padre Sergio se arrima a la barra y relaja un poco sus monacales costumbres. Hasta las puertas, Judit y Yasmín, se mecen con la música del piano (siendo un poco más preciso se puede decir que Judit y Yasmín no son las puertas, sino las jambas; y, ¡pardiez, nunca he visto jambas más hermosas!).

Cuando todo parece decidido y el forajido va camino de la horca, el destino hace un requiebro y el dinero cambia de manos. Los que anoche estuvieron en la calle la Fuente bien lo saben, y los que no estuvieron se quedarán sin saberlo.

El conjuro es un auténtico desastre, pero ni siquiera eso nos desanima. La noche ha sido un verdadero éxito. Nos abalanzamos sobre la queimada con intención de aplacar las gargantas resecas del público y de hurtar algún vasito para nuestro uso particular.

En medio del bullicio, merece la pena escaparse de las risas, los abrazos y el brillo amarillo de los focos; alejarse unos pasos con un vaso de queimada y disfrutar desde lejos de la emoción compartida y sentirse afortunado por haber ido a caer en medio de una tropa semejante (cosas del desQuino). Pero antes de que haya tiempo de emocionarse demasiado uno es absorbido de nuevo por la vorágine balteriana: toca desmontar el tinglado, cenar, beber unas cervezas, cantar hasta agotar la noche y resurgir a la mañana siguiente para otro día de SETIC.

Hoy es el Día del cuento en Villabalter. A las 18:00 arranca Pablo Parra en la Bolera y siguen Fernando García Crespo a las 18:45 en el Patio de la Iglesia, Fray Turienzo/Sergio Castrillo a las 19:30 en La Fuente, Manuel Ferrero a las 20:15 en el Patio de la Iglesia y Solito Trovador a las 21:00 en la Calle La Fuente. A las 22:00 todos ellos siguen su actividad cuentera en la calle la Fuente.

5 de agosto de 2011

Arranca la SETIC con el éxito de Los Mojitos


El día en que comienza la SETIC siempre te acuerdas del último día de la edición anterior. Por ejemplo, estás subido al andamio colgando los focos para que debuten Los Mojitos y te acuerdas de cuando estabas subido al andamio colgando los focos para que actuara Mayalde. En realidad, lo que quiero decir es que uno está sujetanto el andamio (el cual, por otra parte, se sujeta solo) mientras Gelo cuelga los focos y recuerdas cómo hace un año estabas sujetando el mismo andamio (que también entonces se sujetaba solo) mientras Gelo colgaba los focos. En definitiva, que uno tiene a veces la impresión de ser un zombi que sestea bajo tierra hasta que escucha la llamada balteriana y acude a Villabalter a sujetar andamios, que como todo el mundo sabe, se sujetan solos.

El caso es que, fuera por que esta edición es la número trece, fuera porque a las fuerzas del más allá no les ha gustado el cambio de corporación municipal, tuvimos algunos problemas al arrancar. Estábamos orgullosos mirando lo bien que funcionaba nuestra máquina de humo cuando descubrimos que no se trataba de la misma, sino que se estaba chamuscando el dimmer, el aparato que regula la corriente para los focos y el sonido. Por fortuna somos gente de recursos, así que resolvimos el problema.

También la lluvia también nos amenazó a eso de las diez, pero las gotas se quedaron en un orvallo ni siquiera merecedor de tal nombre. Una balteriana veterana recordó que en doce ediciones solo se había suspendido una actuación.

Los problemas eléctricos amenizaron el discurso de las autoridades. Temerosas ante la posibilidad real de quedarse a oscuras en el escenario, liquidaron con celeridad el trámite y tuvieron, por una vez, el buen gusto de no dar mucho el coñazo; o a lo mejor, quién sabe, recordaron que el dinero que aportan a la SETIC no es suyo, sino que es de todos, y consideraron que tal circunstancia es sufciente para eximir al personal de sus manidos discursos.

Y luego comenzó el teatro, que al fin y al cabo, es lo que importa. Los Mojitos, el grupo que dirige Manolo García (el nuestro, no el de El último de la fila) pusieron en escena la más célebre de las astracanadas de Pedro Muñoz Seca: La venganza de don Mendo. Antes de arrancar habían circulado algunos rumores acerca de la aficción a empinar el codo del elenco; pero lo cierto es que, una vez que se hicieron con el espacio escénico, se mantuvieron sobrios, lidiaron con entereza los olvidos del texto y arrancaron una buena dosis de carcajadas al numeroso público congregado. Los aplausos fueron más que merecidos; seguro que Los Mojitos los siguieron escuchando durante un buen rato y dieron por bien empleado el tiempo que han dedicado a preparar su versión de Don Mendo. Esperemos que esta obra sea la primera de una larga trayectoria.

La pieza es de sobra conocida, pero vale la pena resaltar una macabra anécdota de su autor, el portuense Pedro Muñoz Seca, para comprender el cuajo del sujeto. Cuentan que cuando iba a ser fusilado en Paracuellos del Jarama se dirigió a sus ejecutores: "Podéis quitarme la hacienda, mis tierras, mi riqueza, incluso podéis quitarme, como vais a hacer, la vida, pero hay una cosa que no me podéis quitar...y es el miedo que tengo". Sus últimas palabras bien valen toda una vida. Cuando los soldados estaban a punto de disparar, les dijo: "Me temo que ustedes no tienen la intención de incluirme en su círculo de amistades." Es evidente que tenía razón.

Después de recoger nuestros aperos, celebramos una cena medieval de hermanamiento entre mojitos y balterianos. La noche invitaba a cenar al aire libre y el vino corría sin compasión mientras le hincábamos el diente a un sabroso cordero sepultado entre dos losas de pan blanco. Y luego, por supuesto, llegaron las botellas de mojito.

Hoy a las 22:30, Balterius'98 pone en escena Queimada: un Western en tres actos.